Francisco
Nieva:
Dramaturgo 2004-09-26-L.R. España
Aunque yo soy ateo, tengo mis dudas, y es ineludible que las tenga por los motivos – esencialmente estéticos– que pienso exponer. Ya dije una vez que: «Bien sabe Dios que soy ateo». En mi familia, en gran parte republicana, las mujeres eran creyentes y los hombres tolerantes con sus mujeres. Se decían católicos de bautismo, pero se confesaban ateos cuando no había otra necesidad, cuando una solución de conciencia lo requería. El ateísmo combatiente lo consideraban de mal gusto.
¿Qué
rencorosa y desafiante necesidad –o que intereses específicos – impulsa a
declararse ateo a los cuatro vientos, como el que se declara por medio de un
bando, para suscitar la reacción de muchos enemigos ignorados? Aún es más
absurdo convertirse en apóstol del ateísmo. Durante los seis años que duró
nuestra república, esos cultos, reflexivos y generosos republicanos de mi
familia, no se mostraron jamás anticlericales ni antirreligiosos. Podían morir
bien cristianamente –y a la fuerza– pero yo siempre vi en sus ojos que eran
ateos y su conciencia estaba en paz. Eran honrados a carta cabal, pero ateos.
Que yo no quisiera hacer la primera comunión, les pareció muy natural. No me
forzaron lo más mínimo.
Es curioso que, de joven, yo mirase la Iglesia como un gran
espectáculo, que me complacía mucho en sus grandes manifestaciones, de una
suntuosa truculencia. Yo era contemplador, por natural designio, del
espectáculo de España. El espectáculo de la sociedad española era este: mitras
y tricornios, mantillas y abanicos, gorras de «género chico» y chisteras de
«alta comedia». Y, en mi inocencia sensorial, me parecía un espectáculo
brillante por demás, un carnaval precioso. Y esa misma impresión estética, la
pude manifestar después en mi «Teatro Furioso», que tenía un trasfondo de
ateísmo. Yo había considerado, desde muy joven, que España era una «zarzuela
inevitable». Y tuve la feliz idea –influido por la vanguardia– de dislocar
estéticamente ese género, el más popular de mi infancia.
Cuando un niño, suficientemente receptivo, se educa en un
ambiente familiar como aquel, puede dar por resultado un tipo, al que –primero–
la idea de Dios no le atormenta en absoluto y –segundo– alguien que mira
estéticamente el catolicismo como venero de cultura heredada, de la que
prescindir en profundidad es una locura. No puedo prescindir de Miguel Ángel,
ni de Borromini, ni de Caravaggio, Y, por supuesto que no puedo prescindir de
Cervantes, de San Juan de la Cruz, ni de Baltasar Gracián. Todos «producidos» por
la iglesia católica, de la que ellos mismos se nombran adalides. ¡Qué le vamos
a hacer! Para amar –y comprender– todo eso, tenemos que volvernos
accidentalmente cristianos. Como para leer a Kierkegard o a Unamuno. A un ateo
radical y militante, este voluntario viaje de reconocimiento e identificación
con nuestros clásicos del arte y la literatura, le debe trastornar un poco.
Leer o contemplar con reservas o prejuicios de ese tipo, disminuye el placer
estético, equivoca en cierto sentido.
Pongamos un
ejemplo: he de sentir curiosidad por la mística, aceptarla íntimamente, como
una manifestación trascendental de la conciencia humana, para apreciar
estéticamente en su espiritualidad y su forma, la Santa Teresa de Bernini.
Tengo que saber muy íntimamente de «qué va la cosa», como es precisamente que
me entere ante una bella escultura de Buda. Conocí a dos filósofos franceses
–muy «progres»– extraordinariamente interesados por la mística, como Georges
Bataille y Roland Barthes. En arte, yo he preferido no equivocarme. Mi
iniciación católica –por la fuerza formativa del ambiente– «entiende» estética
y religiosamente un cristo de Grunewald, como un santirulico, esbozado al
carbón por Matisse. Creo que tengo esa fortuna. Me siento obligado a creer en
Dios, leyendo a Pascal. No sólo eso, sino leyendo a Barbey d´Aurevilli o a
Claudel, y a tantos escritores católicos modernos que me gustan.
Y es el caso que, un «anticuario» como yo, enamorado del arte
de todas las culturas, cree firmemente «que tenemos que aceptar, buscar en
nosotros mismos una idea, una noción de “lo divino” que se acomode a la
contemplación admirativa de un templo indú». Mi curiosidad por el arte
islámico, animada por la admiración que me suscitaban los poetas
arábigo-andaluces, me obligó a leer el Corán con el máximo respeto. Yo, que
tanta atracción siento por el budismo, por el libro de Tao, por el teatro «no»
japonés, tengo que volverme –por un fenómeno de empatía– un tanto místico
oriental. Si estoy gozando de un atardecer en el Generalife, hasta puedo
coincidir tangencialmente con el cursi de Villaespesa y con su sentimiento
«modernista» del paraíso de Alá, lleno de huríes ondulantes, con cintura de
avispa. Estoy interinamente requerido, cortejado y «camelado» estéticamente por
Dios.
Un creyente, me diría que todo está tocado por la mano de
Dios. Todo lo importante en el arte y en la cultura lo ha generado un
sentimiento religioso. Y es cierto que existen un arte y una literatura que no
lo son, y yo respondo a esa postura con extrema comodidad, pero no pocas veces
hay que olvidarse de esa convicción para entender en profundidad muchas cosas,
animadas por creencias y aun por fanatismos específicos. Dios está ahí,
empecinado, no quiere retirarse de la puerta, hay que recibirlo con la obligada
cortesía de un ateo bien educado emplea.

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