domingo, 10 de noviembre de 2024

Francisco Nieva:  como ateo ilustrado me interesa las religiones

Dramaturgo  2004-09-26-L.R. España


Aunque yo soy ateo, tengo mis dudas, y es ineludible que las tenga por los motivos – esencialmente estéticos– que pienso exponer. Ya dije una vez que: «Bien sabe Dios que soy ateo». En mi familia, en gran parte republicana, las mujeres eran creyentes y los hombres tolerantes con sus mujeres. Se decían católicos de bautismo, pero se confesaban ateos cuando no había otra necesidad, cuando una solución de conciencia lo requería. El ateísmo combatiente lo consideraban de mal gusto.


   ¿Qué rencorosa y desafiante necesidad –o que intereses específicos – impulsa a declararse ateo a los cuatro vientos, como el que se declara por medio de un bando, para suscitar la reacción de muchos enemigos ignorados? Aún es más absurdo convertirse en apóstol del ateísmo. Durante los seis años que duró nuestra república, esos cultos, reflexivos y generosos republicanos de mi familia, no se mostraron jamás anticlericales ni antirreligiosos. Podían morir bien cristianamente –y a la fuerza– pero yo siempre vi en sus ojos que eran ateos y su conciencia estaba en paz. Eran honrados a carta cabal, pero ateos. Que yo no quisiera hacer la primera comunión, les pareció muy natural. No me forzaron lo más mínimo.
   Es curioso que, de joven, yo mirase la Iglesia como un gran espectáculo, que me complacía mucho en sus grandes manifestaciones, de una suntuosa truculencia. Yo era contemplador, por natural designio, del espectáculo de España. El espectáculo de la sociedad española era este: mitras y tricornios, mantillas y abanicos, gorras de «género chico» y chisteras de «alta comedia». Y, en mi inocencia sensorial, me parecía un espectáculo brillante por demás, un carnaval precioso. Y esa misma impresión estética, la pude manifestar después en mi «Teatro Furioso», que tenía un trasfondo de ateísmo. Yo había considerado, desde muy joven, que España era una «zarzuela inevitable». Y tuve la feliz idea –influido por la vanguardia– de dislocar estéticamente ese género, el más popular de mi infancia.


   Cuando un niño, suficientemente receptivo, se educa en un ambiente familiar como aquel, puede dar por resultado un tipo, al que –primero– la idea de Dios no le atormenta en absoluto y –segundo– alguien que mira estéticamente el catolicismo como venero de cultura heredada, de la que prescindir en profundidad es una locura. No puedo prescindir de Miguel Ángel, ni de Borromini, ni de Caravaggio, Y, por supuesto que no puedo prescindir de Cervantes, de San Juan de la Cruz, ni de Baltasar Gracián. Todos «producidos» por la iglesia católica, de la que ellos mismos se nombran adalides. ¡Qué le vamos a hacer! Para amar –y comprender– todo eso, tenemos que volvernos accidentalmente cristianos. Como para leer a Kierkegard o a Unamuno. A un ateo radical y militante, este voluntario viaje de reconocimiento e identificación con nuestros clásicos del arte y la literatura, le debe trastornar un poco. Leer o contemplar con reservas o prejuicios de ese tipo, disminuye el placer estético, equivoca en cierto sentido.
  

 Pongamos un ejemplo: he de sentir curiosidad por la mística, aceptarla íntimamente, como una manifestación trascendental de la conciencia humana, para apreciar estéticamente en su espiritualidad y su forma, la Santa Teresa de Bernini. Tengo que saber muy íntimamente de «qué va la cosa», como es precisamente que me entere ante una bella escultura de Buda. Conocí a dos filósofos franceses –muy «progres»– extraordinariamente interesados por la mística, como Georges Bataille y Roland Barthes. En arte, yo he preferido no equivocarme. Mi iniciación católica –por la fuerza formativa del ambiente– «entiende» estética y religiosamente un cristo de Grunewald, como un santirulico, esbozado al carbón por Matisse. Creo que tengo esa fortuna. Me siento obligado a creer en Dios, leyendo a Pascal. No sólo eso, sino leyendo a Barbey d´Aurevilli o a Claudel, y a tantos escritores católicos modernos que me gustan.
   Y es el caso que, un «anticuario» como yo, enamorado del arte de todas las culturas, cree firmemente «que tenemos que aceptar, buscar en nosotros mismos una idea, una noción de “lo divino” que se acomode a la contemplación admirativa de un templo indú». Mi curiosidad por el arte islámico, animada por la admiración que me suscitaban los poetas arábigo-andaluces, me obligó a leer el Corán con el máximo respeto. Yo, que tanta atracción siento por el budismo, por el libro de Tao, por el teatro «no» japonés, tengo que volverme –por un fenómeno de empatía– un tanto místico oriental. Si estoy gozando de un atardecer en el Generalife, hasta puedo coincidir tangencialmente con el cursi de Villaespesa y con su sentimiento «modernista» del paraíso de Alá, lleno de huríes ondulantes, con cintura de avispa. Estoy interinamente requerido, cortejado y «camelado» estéticamente por Dios.


   Un creyente, me diría que todo está tocado por la mano de Dios. Todo lo importante en el arte y en la cultura lo ha generado un sentimiento religioso. Y es cierto que existen un arte y una literatura que no lo son, y yo respondo a esa postura con extrema comodidad, pero no pocas veces hay que olvidarse de esa convicción para entender en profundidad muchas cosas, animadas por creencias y aun por fanatismos específicos. Dios está ahí, empecinado, no quiere retirarse de la puerta, hay que recibirlo con la obligada cortesía de un ateo bien educado emplea.


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